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"La grieta", instalación de la artista colombiana Doris Salcedo.

martes, 18 de octubre de 2016

VEINTISÉIS


   “¡Pero qué blancos de mierda, che! No hay caso; uno los trata bien, con respeto, pero es inútil: al final, más tarde o más temprano, les sale la blancada de adentro y se la mandan. Ojo, que cuando digo ‘blancos de mierda’ no estoy hablando del color de piel, ¿eh? Hablo de los blancos… de alma. Además, yo no soy racista; tengo amigos blancos. Buenitos, ¿viste? Quiero decir, blancos pero… qué se yo, otra calidad de personas, ¿entendés? Gente con la que se puede hablar, gente normal, no como los otros. Porque. la verdad, los del INADI que digan lo que quieran pero, salvo esas excepciones, los blancos son de terror. Yo siempre lo he sostenido: el gran problema de este país son los blancos. Los han malacostumbrado durante demasiados años y ahora andá a tocarles algún beneficio. Es indignante; no se puede andar por la calle tranquilo, y menos de noche. Te ven caminando y se cruzan de vereda en tus narices con tal de ni rozarte, o se quedan adentro de los autos sin bajar, hasta que terminás de pasar y se aseguran que estás lejos. Te digo más: yo ya no me animo a mandar a mis hijos al centro. Imaginate, la otra noche el pibe mío quiso ir a un boliche y un patovica rubio no lo dejó entrar. Lo prepoteó, le mostró el puño y lo amenazó con romperle la cara. Menos mal que mi hijo no lo enfrentó y se fue sin que el blanco le haga nada, así que, dentro de todo, fue una desgracia con suerte, mirá vos lo que hay que andar agradeciendo. ¿Y lo que le pasó a mi hija? El fin de semana fue al shopping, entró a un negocio de ropa y cuando preguntó por un jean, la empleada, una rubiecita barata, la trató remal. ‘Mirá que esto es caro’, le dijo, sobrándola, ¿vos podés creer? Cosa e’ blancos, che. Esa gente no tiene arreglo; les faltan años de educación. Pero bueno, qué querés, por eso tenemos el gobierno que nos merecemos. Te digo la verdad: yo apoyo el voto calificado: para mí, a los blancos no habría que dejarlos votar”.         

   Con una carcajada estruendosa que sacudió la cama, Luján terminó la lectura en voz alta del texto que acababa de encontrar en Facebook. “No me vas a decir que no está genial”, comentó entusiasmada. Quique asintió a desgano y sin mirarla, tratando de ocultar su irritación.

   -¿Qué te pasa? –preguntó ella. -Estas raro, vos, Desde ayer estás raro.

   Quique reconoció en su ánimo ese vértigo fugaz que solía experimentar ante la inminencia del estallido. Su hartazgo llevaba menos de 48 horas acumulándose pero le pesaba como si hubiese sido milenario. Hizo un último esfuerzo por controlarse.

   -Es por lo del laburo-se excusó. -La guita, todo eso.

   -No –insistió Luján- yo te conozco. Es otra cosa. Desde ayer estás distinto. Parecés otra persona.

   No pudo resistirlo más.

   -Tenés razón –dijo Quique, incorporándose de golpe en la cama, y sintió que le estaba abriendo las compuertas al desastre. –Ese es justamente el problema: ya no soy la misma persona que era antes.

 

CONTINUARÁ

 

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